Hay viajes que uno planea con mapas, horarios y presupuestos, y otros
que se revelan apenas uno da el primer paso. Alsacia fue de estos últimos. Yo,
que suelo moverme entre bodegas, restaurantes, parrillas y barras, me encontré
viajando en diciembre a Estrasburgo, una ciudad donde la gastronomía no es solo
un oficio ni un patrimonio cultural: es una forma de vivir. Y, para un
sommelier que viene del sur del mundo, también es una sorpresa constante.
Estrasburgo en diciembre no se visita, se respira. El aire huele a vino caliente, a madera húmeda, a especias que hierven en ollas gigantes, a manteca fundida en cada puesto de crêpes, y a esa mezcla de humo y pan tostado que solo existe en ciudades que viven sus inviernos con orgullo. A cada paso, un mercado navideño. A cada esquina, una taza caliente. A cada plato, una historia.
Viajar a un lugar es, para mí, llevarme un sabor. Esta vez me traje varios: el pato, el foie gras, las salchichas ahumadas, los vinos blancos de Alsacia, el pinot noir más amable que tomé en mucho tiempo, y el calor líquido del vin chaud (vino Caliente) que se hace inevitable cuando los dedos se entumecen.
Estrasburgo: donde Francia y Alemania hacen las pases en un plato
Hay ciudades que se definen por sus edificios; Estrasburgo se define por sus contradicciones. No es completamente francesa ni completamente alemana. Es Alsacia: un territorio que vivió cambios de manos, idiomas y banderas, pero que mantuvo algo más fuerte que todo eso, su sabor.
Caminar por la Petit-France, ese barrio que parece sacado de un cuento, es sentirse dentro de una postal que huele a pan de jengibre. Los techos inclinados, los canales, las casas entramadas, la sombra de la catedral que aparece entre las calles: todo parece diseñado para que uno nunca deje de mirar hacia arriba… excepto cuando pasa frente a un puesto de comida y el instinto obliga a mirar hacia adentro.
Y ahí empieza la verdadera exploración.
Mercadillos navideñoa: el mayor restaurant al aire libre de Europa
Si uno viaja en diciembre, debe saberlo, Estrasburgo vive para sus mercados navideños. No son ferias improvisadas; son instituciones. Una mezcla de tradición, comercio, folclore y cocina popular.
La escena es siempre la misma y siempre diferente: largas hileras de puestos de madera, techos cargados de guirnaldas, luces cálidas que pintan de amarillo el aire frío, montañas de galletas especiadas, panes dulces, bretzels gigantes, chocolate caliente burbujeando y humeantes ollas de vin chaud donde se cocinan litros de invierno.
Pero lo mejor no está solo en lo dulce. En Estrasburgo el fuego siempre está encendido. Y lo que el fuego abraza, lo transforma.
Recuerdo un puesto donde se asaban salchichas blancas y rojizas, largas como el brazo. El aroma era hipnótico, entre ahumado y carnoso, como si alguien hubiera decidido que el invierno debía masticarse. No pedí una: pedí dos. La mostaza era fuerte, casi insolente, pero perfecta para despertar el paladar después del frío.
Unos metros más allá, el otro protagonista del invierno alsaciano: el vin chaud, vino caliente hecho con especias, cítricos y azúcar. Es imposible exagerar lo reconfortante que puede ser sostener una taza caliente mientras todo alrededor parece recién descongelado. El vin chaud es, probablemente, la bebida más democrática del invierno: la toman locales, turistas, niños—sin alcohol, claro—y adultos que no lo necesitan, pero lo agradecen.
Bajo las luces de los mercados entendí algo simple, en Alsacia la gastronomía no se observa, se vive.
Alsacia en el paladar: Riesling, Pinot Noir y la precisión del frio
Los vinos blancos de Alsacia son una clase magistral de cómo un territorio puede expresarse con exactitud quirúrgica. Conocidos por su pureza aromática, su tensión y su capacidad para reflejar suelo y clima, son vinos que un sommelier debe probar.
Entre los que probé, el Riesling Grand Cru Schlossberg 2022 de André Blanck fue, sin exagerar, un punto de inflexión. Ese vino tiene la virtud de unir potencia y delicadeza en el mismo trago. Tensión cítrica, flor blanca, un filo mineral inconfundible y una persistencia que acompaña platos de invierno sin desaparecer ante ellos. Alsacia en su forma más elegante.
Del otro lado del espectro, un Pinot Noir Famille Ruhlmann Schutz – Cuvée Mosaïque, ligero, amable, con fruta roja fresca y un toque herbáceo que lo hace versátil. Un vino perfecto para días fríos, cuando uno quiere beber tinto sin perder la frescura.
No exagero: Alsacia es uno de esos lugares donde uno entiende que la vitivinicultura no es solo agricultura. Es clima, historia, geografía y obsesión.
Foie Gras, Pato y esa cocina que abriga
Fuera de los mercados, Alsacia guarda sus platos más emblemáticos en restaurantes tradicionales donde la madera, la vajilla de flores y los manteles que parecen tejidos a mano arman el clima perfecto.
Uno de los primeros sabores que probé en Le Clou un famoso y tradicional “Winstub”, que sería un típico restaurant Alaciano, fue el foie gras, y aquí debo decirlo: es un producto que genera pasiones y polémicas. Pero desde la mirada estrictamente gastronómica, es un símbolo de técnica y tradición. Untuoso, delicado, con cierta profundidad que pide pan tostado y un toque de sal marina. El maridaje natural es un vino con azúcar residual, pero a veces un riesling seco también funciona, recortando la grasa con precisión.
También probé el Pato, presentado con una salsa oscura, profunda, con esa reducción que parece haber pasado horas concentrándose. Carne tierna, jugosa, y un acompañamiento sencillo de vegetales que dejaban claro que el protagonista era él. Ese plato pedía a gritos Pinot Noir, y el Ruhlmann Schutz estuvo a la altura: acidez suficiente para limpiar, suavidad suficiente para no avasallar.
No se puede hablar de Alsacia sin mencionar su plato más identitario: la choucroute. Repollo fermentado acompañado de distintos cortes de cerdo, salchichas, papas y muy poca ceremonia. Es un plato humilde, sí, pero enorme en significado. Es una comida que habla del frío, de la conservación, de la necesidad convertida en tradición.
Probé también un plato al horno cargado de papas, verduras y carne, cocido lentamente en cazuela de cerámica. Era comida de montaña, de hogar, de invierno. Esa clase de platos que no se comen con prisa ni con culpa, sino con gratitud.
El oficio del viajero gastronómico
Muchos me preguntan qué hace un sommelier fuera de las bodegas. Yo siempre respondo lo mismo: viajo para aprender a beber mejor.
Beber no es solo degustar: es entender el contexto. Saber por qué un Riesling alsaciano es así y no de otra forma. Comprender cómo el frío define la acidez, cómo la historia define los estilos, cómo la gente define los sabores.
En cada viaje intento llevarme no solo un sabor nuevo, sino un punto de vista nuevo. Estrasburgo me regaló ambos.
En lo personal, viajar a Alsacia en diciembre fue encontrar una versión mía que disfruta del frío cuando viene acompañado de un plato caliente. Fue caminar sin apuro, probar sin culpa, observar sin analizar demasiado.
A veces uno viaja lejos para encontrarse cerca. Cerca del vino, de la comida, de la gente y de la curiosidad que nos mueve a seguir explorando.
Si tengo que resumir el viaje en un solo concepto, sería este: Alsacia es invierno que se come.
Sus vinos son fríos, precisos y luminosos.
Sus platos son calientes, grasos y reconfortantes.
Sus mercados son luces, aromas y tradición viva.
Estrasburgo, en diciembre, es una ciudad que invita a morderla.
Volví con la sensación de haber probado un territorio entero. Y con ganas de volver. Porque hay lugares que uno visita una vez, y otros que se visitan siempre. Estrasburgo pertenece al segundo grupo.
Y aunque uno nunca logra llevarse todo, siempre puede volver. O escribir sobre ello, que a veces es otra forma de viajar.
Estrasburgo en diciembre no se visita, se respira. El aire huele a vino caliente, a madera húmeda, a especias que hierven en ollas gigantes, a manteca fundida en cada puesto de crêpes, y a esa mezcla de humo y pan tostado que solo existe en ciudades que viven sus inviernos con orgullo. A cada paso, un mercado navideño. A cada esquina, una taza caliente. A cada plato, una historia.
Viajar a un lugar es, para mí, llevarme un sabor. Esta vez me traje varios: el pato, el foie gras, las salchichas ahumadas, los vinos blancos de Alsacia, el pinot noir más amable que tomé en mucho tiempo, y el calor líquido del vin chaud (vino Caliente) que se hace inevitable cuando los dedos se entumecen.
Hay ciudades que se definen por sus edificios; Estrasburgo se define por sus contradicciones. No es completamente francesa ni completamente alemana. Es Alsacia: un territorio que vivió cambios de manos, idiomas y banderas, pero que mantuvo algo más fuerte que todo eso, su sabor.
Caminar por la Petit-France, ese barrio que parece sacado de un cuento, es sentirse dentro de una postal que huele a pan de jengibre. Los techos inclinados, los canales, las casas entramadas, la sombra de la catedral que aparece entre las calles: todo parece diseñado para que uno nunca deje de mirar hacia arriba… excepto cuando pasa frente a un puesto de comida y el instinto obliga a mirar hacia adentro.
Y ahí empieza la verdadera exploración.
Mercadillos navideñoa: el mayor restaurant al aire libre de Europa
Si uno viaja en diciembre, debe saberlo, Estrasburgo vive para sus mercados navideños. No son ferias improvisadas; son instituciones. Una mezcla de tradición, comercio, folclore y cocina popular.
La escena es siempre la misma y siempre diferente: largas hileras de puestos de madera, techos cargados de guirnaldas, luces cálidas que pintan de amarillo el aire frío, montañas de galletas especiadas, panes dulces, bretzels gigantes, chocolate caliente burbujeando y humeantes ollas de vin chaud donde se cocinan litros de invierno.
Pero lo mejor no está solo en lo dulce. En Estrasburgo el fuego siempre está encendido. Y lo que el fuego abraza, lo transforma.
Recuerdo un puesto donde se asaban salchichas blancas y rojizas, largas como el brazo. El aroma era hipnótico, entre ahumado y carnoso, como si alguien hubiera decidido que el invierno debía masticarse. No pedí una: pedí dos. La mostaza era fuerte, casi insolente, pero perfecta para despertar el paladar después del frío.
Unos metros más allá, el otro protagonista del invierno alsaciano: el vin chaud, vino caliente hecho con especias, cítricos y azúcar. Es imposible exagerar lo reconfortante que puede ser sostener una taza caliente mientras todo alrededor parece recién descongelado. El vin chaud es, probablemente, la bebida más democrática del invierno: la toman locales, turistas, niños—sin alcohol, claro—y adultos que no lo necesitan, pero lo agradecen.
Bajo las luces de los mercados entendí algo simple, en Alsacia la gastronomía no se observa, se vive.
Alsacia en el paladar: Riesling, Pinot Noir y la precisión del frio
Los vinos blancos de Alsacia son una clase magistral de cómo un territorio puede expresarse con exactitud quirúrgica. Conocidos por su pureza aromática, su tensión y su capacidad para reflejar suelo y clima, son vinos que un sommelier debe probar.
Entre los que probé, el Riesling Grand Cru Schlossberg 2022 de André Blanck fue, sin exagerar, un punto de inflexión. Ese vino tiene la virtud de unir potencia y delicadeza en el mismo trago. Tensión cítrica, flor blanca, un filo mineral inconfundible y una persistencia que acompaña platos de invierno sin desaparecer ante ellos. Alsacia en su forma más elegante.
Del otro lado del espectro, un Pinot Noir Famille Ruhlmann Schutz – Cuvée Mosaïque, ligero, amable, con fruta roja fresca y un toque herbáceo que lo hace versátil. Un vino perfecto para días fríos, cuando uno quiere beber tinto sin perder la frescura.
No exagero: Alsacia es uno de esos lugares donde uno entiende que la vitivinicultura no es solo agricultura. Es clima, historia, geografía y obsesión.
Foie Gras, Pato y esa cocina que abriga
Fuera de los mercados, Alsacia guarda sus platos más emblemáticos en restaurantes tradicionales donde la madera, la vajilla de flores y los manteles que parecen tejidos a mano arman el clima perfecto.
Uno de los primeros sabores que probé en Le Clou un famoso y tradicional “Winstub”, que sería un típico restaurant Alaciano, fue el foie gras, y aquí debo decirlo: es un producto que genera pasiones y polémicas. Pero desde la mirada estrictamente gastronómica, es un símbolo de técnica y tradición. Untuoso, delicado, con cierta profundidad que pide pan tostado y un toque de sal marina. El maridaje natural es un vino con azúcar residual, pero a veces un riesling seco también funciona, recortando la grasa con precisión.
También probé el Pato, presentado con una salsa oscura, profunda, con esa reducción que parece haber pasado horas concentrándose. Carne tierna, jugosa, y un acompañamiento sencillo de vegetales que dejaban claro que el protagonista era él. Ese plato pedía a gritos Pinot Noir, y el Ruhlmann Schutz estuvo a la altura: acidez suficiente para limpiar, suavidad suficiente para no avasallar.
No se puede hablar de Alsacia sin mencionar su plato más identitario: la choucroute. Repollo fermentado acompañado de distintos cortes de cerdo, salchichas, papas y muy poca ceremonia. Es un plato humilde, sí, pero enorme en significado. Es una comida que habla del frío, de la conservación, de la necesidad convertida en tradición.
Probé también un plato al horno cargado de papas, verduras y carne, cocido lentamente en cazuela de cerámica. Era comida de montaña, de hogar, de invierno. Esa clase de platos que no se comen con prisa ni con culpa, sino con gratitud.
El oficio del viajero gastronómico
Muchos me preguntan qué hace un sommelier fuera de las bodegas. Yo siempre respondo lo mismo: viajo para aprender a beber mejor.
Beber no es solo degustar: es entender el contexto. Saber por qué un Riesling alsaciano es así y no de otra forma. Comprender cómo el frío define la acidez, cómo la historia define los estilos, cómo la gente define los sabores.
En cada viaje intento llevarme no solo un sabor nuevo, sino un punto de vista nuevo. Estrasburgo me regaló ambos.
En lo personal, viajar a Alsacia en diciembre fue encontrar una versión mía que disfruta del frío cuando viene acompañado de un plato caliente. Fue caminar sin apuro, probar sin culpa, observar sin analizar demasiado.
A veces uno viaja lejos para encontrarse cerca. Cerca del vino, de la comida, de la gente y de la curiosidad que nos mueve a seguir explorando.
Si tengo que resumir el viaje en un solo concepto, sería este: Alsacia es invierno que se come.
Sus vinos son fríos, precisos y luminosos.
Sus platos son calientes, grasos y reconfortantes.
Sus mercados son luces, aromas y tradición viva.
Estrasburgo, en diciembre, es una ciudad que invita a morderla.
Volví con la sensación de haber probado un territorio entero. Y con ganas de volver. Porque hay lugares que uno visita una vez, y otros que se visitan siempre. Estrasburgo pertenece al segundo grupo.
Y aunque uno nunca logra llevarse todo, siempre puede volver. O escribir sobre ello, que a veces es otra forma de viajar.
Salud!





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