Muchos restaurantes, poca cocina
En Barcelona uno puede pasar hambre, pero difícilmente por falta de restaurantes. Hay una terraza en cada esquina, una carta colgada en cada puerta y suficientes fotografías de platos como para alimentar a media ciudad. El problema empieza cuando hay que elegir dónde sentarse. Y, sobre todo, cuando llega la cuenta. Desde que vivo aquí camino mucho y miro cartas casi por deformación profesional. Lo hago en Eixample, Gràcia, Poblenou, Sants, Sant Gervasi, el Raval, el Gótico y el Born. Encuentro lugares a los que quiero entrar. También encuentro restaurantes que parecen haber hecho el mismo cálculo: si el cliente está de paso y no va a volver, ¿para qué darle demasiadas razones para hacerlo? Se puede comer bien en Barcelona. Incluso por bastante menos de 100 euros por persona. Hay cocinas honestas, mesas agradables y gente que sabe lo que hace. Pero hay que salir a buscarlas. Mientras tanto, uno atraviesa una sucesión de cartas casi idénticas, platos que llegan mejor vestidos que cocinad...