El circo del paladar: cuando opinar no es criticar
Hubo un tiempo —y no,
no fue hace tanto— en que criticar un restaurante implicaba algo más que una
cuenta de Gmail, una foto mal iluminada y un ego inflamado por tres likes. Hoy,
en plena era de las reseñas Google, Tripadvisor, TikTok gastronómico e
influencers gourmet, cualquiera con WiFi, una mandíbula funcional y una opinión
sobreactuada se siente autorizado para destripar meses —o años— de trabajo en
cocina y sala con la elegancia de un martillo.
Porque claro, ahora
resulta que un risotto está “mal hecho” porque lleva manteca y no crema. Ahí
empieza el espectáculo: el comensal que jamás leyó una receta italiana básica,
pero reparte una estrella como si estuviera reescribiendo la historia de
Lombardía. El mismo que confunde untuosidad con error técnico. El mismo que
pide carne “well done” y luego da cátedra sobre maduración, marmoleo y producto
de cercanía.
Bienvenidos a la
democratización extrema del criterio. O mejor dicho: a su entierro.
Las reseñas online
importan, y mucho. Google Reviews y Tripadvisor pesan cada vez más en SEO
local, reputación digital y decisiones de consumo. Eso es real. Pero también
vivimos una época donde demasiada opinión no significa más verdad, sino más
ruido. Un ruido peligroso para quienes dejan la espalda, la salud mental y la
vida social en una cocina encendida o en una sala donde cada servicio puede
sentirse como una batalla. La hostelería real no ocurre en stories de 15
segundos: ocurre bajo presión, quemaduras, timing, proveedores fallando,
clientes absurdos y estándares que muchas veces rozan lo imposible.
Y sin embargo, ahí
aparece el crítico improvisado.
Ese que juzga un vino
“porque no le gustó” sin entender variedad, crianza, oxidación o tipicidad. El
que llama “avinagrado” a un Jerez porque esperaba un refresco con pretensiones.
El que desprecia a un camarero como si servir fuese sinónimo de sumisión,
pidiéndole habanos, favores absurdos o pleitesía emocional, para luego indignarse
cuando descubre que hospitalidad no significa humillación.
Después está el nuevo
espécimen: el influencer gastronómico de saldo.
El mercenario digital
capaz de vender una smash burger con pan brillante como si hubiese descubierto
Kobe en Kyoto. El que pronuncia “umami” como contraseña de acceso, pero no sabe
leer una sala, ni interpretar una carta, ni transmitir contexto. Te muestra el
humo, el corte, el close-up de queso fundido… pero jamás el alma. No habla del
equipo. No habla del barrio. No habla del productor. No habla del porqué.
Solo algoritmo.
Y ese es quizás el
pecado moderno más triste de cierta crítica gastronómica contemporánea:
reemplazar experiencia por impacto visual. Convertir Fine Dining en una
sucesión de planos bonitos sin narrativa. Como si la alta cocina fuese una
autopsia estética en lugar de cultura, territorio, técnica, memoria y riesgo
empresarial.
Porque abrir un
restaurante —uno de verdad— no es posar. Es hipotecar tiempo, dinero, energía,
relaciones y, muchas veces, estabilidad emocional. Es pagar salarios, lidiar
con reseñas injustas, sobrevivir a plataformas y encima sonreír.
Por eso esta no es una
guerra contra el cliente, ni contra Google Maps, ni contra quien opina con
honestidad. La crítica real, incluso dura, tiene valor. Señala errores, eleva
estándares y protege al consumidor.
El problema no es
criticar.
El problema es
pontificar sin contexto. Destruir sin conocimiento. Inflar sin ética.
Lo mismo aplica al
otro extremo: esos “new critics” que exigen invitaciones porque tienen
seguidores. Como si audiencia fuese equivalente a autoridad. Como si viralidad
reemplazara formación. No, tener millones de views no convierte una
recomendación en verdad, igual que una mala reseña no convierte una cocina
seria en fraude.
La gastronomía
necesita más respeto. Más verdad. Más criterio.
Necesita menos “top 5
brunch spots” hechos por gente que desayuna por estética, y más voces capaces
de explicar por qué una croqueta está bien hecha, por qué un vino emociona o
por qué una sala puede sostener —o destruir— una experiencia.
Anthony Bourdain
entendía algo fundamental: comer nunca fue solo consumir. Comer es cultura,
clase, esfuerzo, identidad y humanidad.
Quizás ahí está la
diferencia entre un crítico y un espectador con teclado.
Uno busca comprender.
El otro solo quiere
ser visto.
Y mientras tanto, en
alguna cocina, alguien sigue dejándolo todo para que un desconocido, al menos
por una noche, recuerde algo más que una foto.
Leo Saracho Sommelier | Vino & cultura
gastronómica



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