Viajar a Jerez de la Frontera siempre implica entrar en una dimensión paralela donde el tiempo se mide de otra manera. No por horas ni por días, sino por criaderas, soleras y generaciones. Esta vez el motivo fue tan académico como emocional: participar del Curso de Formador Homologado de Brandy de Jerez, una instancia formativa que se realiza una vez al año y que, en esta edición, reunió a tan solo 18 profesionales del sector.
Desde el primer momento quedó claro que no se trataba únicamente de un curso técnico, sino de una verdadera inmersión cultural en uno de los patrimonios espirituosos más importantes de España.Las jornadas combinaron formación teórica con experiencias sensoriales de
altísimo nivel. Tuvimos el privilegio de asistir a clases impartidas por
referentes absolutos del Marco de Jerez, entre ellos César Saldaña, cuya
capacidad para transmitir historia, regulación y visión de futuro convierte
cada intervención en una lección magistral.
Pero si hay algo que define al Brandy de Jerez es su vínculo con el espacio donde nace y envejece. Las visitas a bodegas históricas como Osborne y González Byass permitieron comprender que aquí las bodegas no son simples instalaciones productivas: son auténticas catedrales del tiempo.
Caminar entre botas centenarias, sentir el silencio húmedo de los cascos de
bodega, observar la arquitectura diseñada para domesticar el clima atlántico…
todo forma parte de un ecosistema donde el brandy evoluciona lentamente hasta
alcanzar su identidad final.
Uno de los ejes centrales del curso fue profundizar en el sistema de Criaderasy Solera, corazón técnico del Brandy de Jerez. Este método dinámico de envejecimiento, basado en trasiegos fraccionados y mezclas intergeneracionales, garantiza una regularidad de carácter única en el mundo de los espirituosos. Más que un sistema de crianza, es una filosofía: el tiempo no se acumula, se comparte.
Las catas fueron, sin duda, otro de los grandes hitos de la experiencia. Degustamos brandies de distintas categorías —Solera, Solera Reserva y Solera Gran Reserva— comprendiendo cómo influyen factores como el origen del destilado, el tipo de roble y, especialmente, el vino que previamente habitó la bota: Fino, Oloroso o Pedro Ximénez.
Uno de los ejes centrales del curso fue profundizar en el sistema de Criaderasy Solera, corazón técnico del Brandy de Jerez. Este método dinámico de envejecimiento, basado en trasiegos fraccionados y mezclas intergeneracionales, garantiza una regularidad de carácter única en el mundo de los espirituosos. Más que un sistema de crianza, es una filosofía: el tiempo no se acumula, se comparte.
Las catas fueron, sin duda, otro de los grandes hitos de la experiencia. Degustamos brandies de distintas categorías —Solera, Solera Reserva y Solera Gran Reserva— comprendiendo cómo influyen factores como el origen del destilado, el tipo de roble y, especialmente, el vino que previamente habitó la bota: Fino, Oloroso o Pedro Ximénez.
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Allí es donde el Brandy de Jerez revela su versatilidad: puede ser seco, punzante y estructurado, o sedoso, goloso y envolvente. Puede dialogar con la coctelería contemporánea o reclamar su lugar como espirituoso de contemplación.
También fue revelador el contacto con enólogos y capataces, guardianes silenciosos de este legado. Escuchar de primera mano cómo se seleccionan las botas, cómo se decide un rocío o cómo se construye un perfil aromático, permite dimensionar la precisión artesanal que hay detrás de cada botella.
Más allá del conocimiento adquirido, el curso deja una reflexión clara: el Brandy de Jerez está viviendo un momento de relectura. Sin perder su identidad histórica, comienza a proyectarse hacia nuevas generaciones de consumidores, nuevas formas de servicio y nuevos contextos gastronómicos.
Su enorme capacidad de maridaje, su afinidad con la alta cocina y su potencial en mixología lo posicionan como un espirituoso con pasado glorioso, pero también con un futuro vibrante.
Regreso de Jerez con la certeza de que formar parte de esta certificación no es solo sumar una acreditación profesional, sino convertirse —aunque sea en una pequeña medida— en embajador de una tradición que España ha sabido preservar con orgullo.
Porque entender el Brandy de Jerez no es solo estudiarlo. Es caminar sus bodegas, escuchar sus silencios y aceptar que, aquí, el tiempo no pasa: se transforma.


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