Cuando el vino deja de ser hospitalidad y se convierte en status
En la gastronomía moderna no solo se sirve
vino o cócteles: también se construyen jerarquías.
Y muchas veces, el acceso importa más que el conocimiento.
Pero ¿qué pasa cuando el ego desplaza al servicio?
Es un tema incómodo, pero real. Y
cualquiera que haya trabajado en sala o detrás de una barra lo ha visto de
cerca.
Existe una lógica no escrita, pero
profundamente instalada: si perteneces a cierto circuito, estás dentro. Si no,
quedas afuera. Restaurantes con estrella Michelin, bares reconocidos,
asociaciones profesionales, grupos cerrados. Espacios donde, más que compartir
conocimiento, muchas veces se valida una pertenencia.
El mensaje es claro: si sos top, entonces
perteneces.
Y no se trata únicamente del nivel
profesional. Hay algo más sutil, más difícil de señalar, pero evidente para
quien observa con atención: una construcción constante de personaje. Una
especie de performance donde el rol pesa más que la función.
Lo ves en la forma de vestir, en los
códigos que se adoptan y en la manera de hablar. Profesionales que, en su día a
día, trabajan fajinando copas, moviendo cajas o cargando cámaras frigoríficas,
pero que en eventos o encuentros parecen salidos de una serie de época. Trajes,
tiradores, relojes, gestos estudiados. Una estética que busca pertenecer más
que representar la realidad del oficio.
Muchos construyen un personaje de
sofisticación que dura exactamente lo mismo que un evento con prensa, una
degustación gratuita o una foto con una etiqueta cara.
No es casualidad. Es necesidad de
validación.
Y esa necesidad también se traslada al
discurso.
Basta con escuchar ciertas conversaciones
entre colegas para entenderlo. Análisis técnicos llevados al extremo, donde el
producto deja de ser el centro y pasa a ser una excusa. El hielo viene de un
glaciar remoto, la cristalería tiene una historia casi mística, el vermouth es
elaborado con ingredientes de tres continentes bajo procesos casi rituales.
Todo escala, todo compite, todo busca diferenciarse.
Pero no desde el conocimiento, sino desde
la exageración.
En el mundo del vino, el fenómeno se repite
con otras formas. Discursos excesivamente técnicos, análisis que rozan lo
académico, obsesión por puntajes, añadas específicas, etiquetas inaccesibles.
Como si el valor del vino estuviera en lo difícil que es conseguirlo y no en la
experiencia que genera.
Parece que algunos disfrutan más diciendo
cuánto cuesta una botella que explicando por qué vale la pena beberla.
Y en el fondo, aparece una pregunta
incómoda:
¿Para quién estamos hablando?
Porque mientras ese lenguaje se vuelve cada
vez más cerrado, más sofisticado, más excluyente, el cliente —el verdadero
destinatario de todo esto— queda afuera. Observa, escucha, pero no
necesariamente entiende. Y muchas veces, tampoco se siente invitado a
participar.
Ahí es donde algo empieza a romperse.
Porque esta profesión, en esencia, no trata
de pertenecer. Trata de servir.
Se trata de hospitalidad. De generar
experiencias. De traducir un producto —vino, destilado, plato— en algo
accesible, disfrutable, cercano. De ser un puente, no una barrera.
Sin embargo, en muchos casos, el foco
parece haberse desplazado. Se construye más alrededor del entorno que del
contenido. Más sobre quién está en la mesa que sobre lo que hay en la copa.
Y en este punto, también es justo decirlo:
parte de esta dinámica es alimentada por la propia industria. Bodegas, marcas y
empresas que, consciente o inconscientemente, refuerzan estos círculos. Otorgan
visibilidad, acceso y validación a determinados perfiles, generando aún más
distancia con aquellos que quedan fuera.
La industria muchas veces premia más al
perfil correcto, la foto correcta y el discurso correcto que al talento real,
al oficio o a la capacidad de generar hospitalidad.
Alguien me dijo una vez:
"A una persona hay que darle un minuto de poder para ver lo peor de sí
misma."
Y en muchos casos, eso es exactamente lo
que sucede.
No se trata de estar en contra de las
asociaciones, ni del conocimiento, ni de la excelencia. Todo lo contrario. El
crecimiento profesional es necesario. La formación es clave. La exigencia eleva
el nivel.
Pero cuando todo eso se convierte en una
herramienta para excluir, para marcar distancia, para construir status…
entonces pierde sentido.
Porque el vino —y todo lo que lo rodea—
nunca fue eso.
El vino es cultura, es territorio, es
historia. Pero también es encuentro. Es compartir. Es acercar.
Y cuando deja de cumplir esa función,
cuando deja de ser un puente y se convierte en una barrera, entonces quizás no
estamos fallando en el producto.
Estamos fallando en la forma de
transmitirlo.
No es una crítica. Es una observación.
Desde la sala. Desde la barra. Desde el
oficio real.
Porque al final del día, más allá de
cualquier etiqueta, estrella o reconocimiento, la pregunta sigue siendo la
misma:
¿Estamos para impresionar… o para servir?
Leo Saracho Sommelier | Vino & cultura
gastronómica


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