El primer sorbo: la llegada del vino japonés
El vino japonés atraviesa fronteras sin pasaporte, se adentra en países sin violencia y logra conquistar incluso los paladares más exigentes de las naciones más poderosas del mundo. Japón no quedó exento de esta conquista.
En el siglo XVI, con la llegada de los portugueses y más tarde de los jesuitas, el vino europeo fue introducido en tierras niponas. Se utilizaba sobre todo en contextos religiosos (misas) y en banquetes diplomáticos. Sin embargo, la cultura japonesa no se sintió del todo atraída por esta bebida y continuó fiel a su tradicional sake.
La Era Meiji y el inicio de la vitivinicultura moderna
La verdadera historia del vino en Japón comenzó en la Era Meiji (1868–1912). En ese periodo el país se abrió al mundo y buscó modernizarse tomando como modelo a Occidente. En 1874 se fundó en Kōshū (prefectura de Yamanashi) la primera bodega que empleó técnicas vitivinícolas europeas. Poco después, en 1877, nacieron las compañías Daikōshū Wine Company y Dainihon Yamanashi Wine Company, pioneras en la producción de vinos japoneses.
Del sake al vino: paralelismos con el whisky japonés
Para perfeccionar este arte, se enviaron estudiantes japoneses a Francia, especialmente a Burdeos, con el fin de aprender directamente de los maestros europeos. Años más tarde, algo similar ocurriría con el whisky: Masataka Taketsuru viajó en 1918 a Escocia para formarse en destilación. A su regreso fundó, primero junto a Shinjiro Torii, la destilería Yamazaki —origen de Suntory— y más tarde su propia marca, Nikka Whisky. Ese paralelismo muestra cómo Japón absorbió conocimiento occidental para transformar sus productos, incluyendo el vino japonés, en algo con identidad propia.
El papel de la uva Kōshū y su adaptación al clima nipón
Tras varios intentos, los viticultores descubrieron que la uva autóctona Kōshū —introducida siglos antes desde Asia, aunque se cree originaria del Cáucaso— era mucho más resistente al clima japonés que las variedades europeas. Esta uva se convirtió en la base de los famosos vinos blancos japoneses, frescos, suaves y afrutados.
El boom vinícola de los años 70 y 80
El siglo XX fue difícil: guerras, crisis y una economía en reconstrucción relegaron al vino japonés frente al sake y la cerveza. Sin embargo, en las décadas de 1970 y 1980 Japón vivió un auténtico boom vinícola gracias al interés creciente por la gastronomía francesa y la llamada nouvelle cuisine. Se perfeccionaron las técnicas, se importaron cepas internacionales como Müller-Thurgau, Merlot, Chardonnay y Cabernet Sauvignon, y comenzó un camino hacia la calidad en los vinos japoneses.
Shinya Tasaki y el reconocimiento internacional
El clima húmedo japonés planteó grandes desafíos. En un inicio los vinos japoneses resultaban ásperos, con una acidez excesiva. Fue a partir de los años 80 cuando los enólogos lograron mejorar notablemente, centrándose en vinos de calidad superior y utilizando únicamente uvas cultivadas en el país.
En 1995, Shinya Tasaki fue el primer japonés en ser reconocido como “Mejor Sumiller del Mundo”, lo que incrementó la conciencia nacional sobre el vino japonés. Hacia el año 2000, el consumo interno creció de manera constante, al igual que la importación de etiquetas extranjeras.
Las principales regiones vinícolas de Japón
Actualmente, Japón cuenta con alrededor de 10 regiones vinícolas, entre las que destacan Yamanashi, Nagano, Yamagata y Hokkaidō, que en conjunto producen cerca del 40% del vino japonés.
Blancos de Kōshū y tintos de Muscat Bailey A
Los vinos blancos japoneses gozan de gran prestigio, especialmente los elaborados con la uva Kōshū en Yamanashi: son pálidos, frescos, suaves y afrutados, perfectos para maridar con la gastronomía japonesa.
En cuanto a los tintos, la estrella es la Muscat Bailey A, una uva híbrida creada en Japón que ofrece vinos tintos japoneses ligeros, frutales, con taninos suaves y acidez moderada. Su resistencia a heladas y enfermedades la hace ideal para el clima nipón, y cada vez gana más premios internacionales.
Hacia un sistema de denominaciones de origen japonesas
Aunque Japón no cuenta todavía con una organización nacional de denominaciones de origen, en varias regiones los organismos locales han comenzado a implementar sistemas de clasificación inspirados en las AOC francesas o las DO españolas.
Conclusión: paciencia, excelencia y vino con identidad propia
Una vez más, Japón demuestra su capacidad para hacer las cosas bien: paciencia, constancia y cero egoísmo en la búsqueda de la excelencia. El resultado son vinos japoneses con identidad propia, que ya no necesitan compararse con los europeos para ser respetados.
¡Salud!




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