Hablar de pizza en Argentina es hablar de identidad. No de un plato, sino de un código cultural. La pizza cruzó el Atlántico con los inmigrantes napolitanos a fines del siglo XIX, pero fue en Buenos Aires donde encontró un lugar nuevo, propio y definitivo: el hogar del molde, la muzzarella desbordada y el ritual compartido.
Italia vs. Argentina: dos mundos, una misma masa
La pizza original, la napolitana, nació humilde: masa fina, cocción rápida, ingredientes mínimos y una defensa casi religiosa de su tríada perfecta: tomate, mozzarella y albahaca.
Pero cuando esa tradición llegó al Río de la Plata, chocó —en el mejor sentido— con el espíritu porteño. Así nació la pizza al molde, más alta, más esponjosa, más generosa. Una pizza que no pretende imitar; pretende celebrar.
Pizzerías como Guerrín (1932), El Cuartito (1934), Las Cuartetas (1932) o Santa María (1947) definieron un estilo que se volvió patrimonio emocional tanto como gastronómico.
Maradona, moscato y la liturgia porteña
Entre las historias que más circulan en El Cuartito, los mozos recuerdan a Diego Maradona como habitué del local y enamorado de la napolitana. Cuentan —con esa mezcla de nostalgia y picardía tan porteña— que el Diez pedía “varias porciones y un vaso de moscato”, escena que quedó grabada en la memoria del local más que en ninguna estadística.
No importa cuántas comió. Importa lo que significa: pizza, fútbol, barrio, identidad. En Buenos Aires, la pizza jamás fue comida rápida. Fue, y sigue siendo, un lugar de pertenencia.
Argentina, país pizzero por excelencia
Los números acompañan al mito:
- Más de 5 kg de pizza por persona al año en promedio en Argentina.
- La muzzarella domina el ranking nacional de consumo.
- En la Ciudad de Buenos Aires se venden decenas de miles de porciones por día.
La pizza es un idioma universal. Se habla en la avenida Corrientes, en Pompeya, en cualquier mesa compartida, en la juntada espontánea, en la previa del fútbol.
El maridaje: del clásico moscato al vino moderno
Durante décadas, el tridente fue sagrado: muzzarella + fainá + vaso de moscato. Un maridaje popular, efectivo y absolutamente identitario.
Hoy los paladares evolucionaron y la gastronomía también. Sommeliers y especialistas proponen nuevas combinaciones:
- Bonarda joven o Malbec ligero para la muzza clásica.
- Tintos de cuerpo medio para fugazzetas, napolitanas o pizzas con embutidos.
- Blancos con buena acidez, rosados tensos o incluso espumantes brut nature para pizzas más actuales, con vegetales asados o quesos suaves.
En lo personal, creo que los vinos de baja intervención son hoy el mejor compañero posible: frescura, fruta, acidez vibrante y la posibilidad de beberlos un par de grados más fríos que un tinto tradicional. Si además traen una fina burbuja, la experiencia se dispara.
Pizza argentina: reinterpretación, barrio y amistad
La pizza argentina no busca copiar a Italia. La honra reinterpretándola.
En Nápoles es historia. En Argentina es barrio, juntada, amistad, fútbol, sobremesa, identidad.
Es un pedazo de cultura popular que atraviesa generaciones y que, por más técnica que se vuelva la gastronomía, mantiene intacta su alma de encuentro.
Si el mundo mira a Nápoles para entender su origen, debería mirar a Argentina para entender cómo un plato se convierte en identidad.
Salud.
Y que no falte la última porción.


