Antes de Netflix: cuando la gastronomía era un viaje real

 


No voy a hablar de cómo cambia todo ni de lo rápido que va la cosa. Eso suena a nostalgia fácil, a ese discurso de que todo tiempo pasado fue mejor, y no necesariamente es así.

Pero sí hay algo de valor en mirar hacia atrás. En recordar esos programas de viajes y comidas que, a muchos de mi generación, no solo nos entretuvieron, sino que nos despertaron algo más profundo. Nos formaron. Nos inspiraron.

Recuerdo perfectamente uno de los primeros que me atrapó, allá por 2006: Narda Lepes viajando por el sudeste asiático en El Gourmet. Para muchos en Argentina, esos destinos eran lejanos, casi inaccesibles. Y sin embargo, ella estaba ahí: caminando mercados, hablando con locales, comprando, cocinando.

No había artificio. Había curiosidad.

Te hacía viajar sin darte cuenta. Te mostraba una cocina desconocida desde un lugar simple, directo. No explicaba todo, pero te abría la puerta. Y eso, en ese momento, era muchísimo. Fue, sin dudas, una pionera en Latinoamérica.

Pero no fue la primera.

Si uno ordena esto cronológicamente, hay que ir un poco más atrás. A los años 80, con Keith Floyd. Un chef inglés que ya estaba haciendo algo que hoy nos parece normal, pero que en ese momento era completamente nuevo: viajar, comprar en mercados locales, cocinar en el lugar y mostrarlo en televisión.

Floyd era desprolijo, improvisado, incluso caótico. Cocinaba con una copa de vino en la mano, se equivocaba, se reía. Pero había algo ahí que marcó un camino: la cocina salía del estudio y se encontraba con el mundo real.

Después aparece otro inglés, Rick Stein, a principios de los 90. Y ahí el formato se ordena. Se vuelve más claro, más didáctico, más estructurado. Stein viajaba, investigaba, compraba producto local y luego cocinaba su interpretación de esa cultura.

Había más contexto. Más conocimiento.

Su restaurante, The Seafood Restaurant en Padstow, Cornualles, sigue activo hasta hoy, lo cual también habla de una coherencia entre lo que mostraba y lo que hacía. Para mí, personalmente, es el segundo mejor programa que vi y que todavía sigo viendo.

Y después llega el quiebre.

Anthony Bourdain.

A partir de él, todo cambia.

Ya no se trata solo de cocinar ni de mostrar un producto. Se trata de entender el mundo a través de la comida. Bourdain tenía algo que pocos tienen: una voz propia. Una mirada. Una forma de estar en los lugares.

Podía pasar de una comida callejera entre escombros en Libia a una mesa con Paul Bocuse, y en ambos casos había verdad. Se movía entre lo urbano y lo refinado con una naturalidad total. No buscaba lo perfecto, buscaba lo real.

Comer ya no era solo alimentarse. Era identidad. Era historia. Era política, incluso.

Inspiró a muchísimos cocineros, comunicadores y gente del mundo gastronómico. Y aunque parezca increíble, hoy hay nuevas generaciones que no lo conocen. Eso, en sí mismo, ya merece otro análisis.

Dentro de mi top personal, y probablemente el más discutible, entra un programa mucho más reciente: El Camino de Santiago by Julius.

Quizás tenga que ver con una ilusión personal de algún día hacer ese camino. Pero más allá de eso, Julio “Julius” Bienert logra algo que no es tan fácil: cercanía. Es simple, carismático y tiene una manera muy honesta de contar lo que ve.

No busca imponerse. Acompaña.

Genera una conexión muy directa con el espectador. Casi que podés tocar lo que está viviendo. Y en un formato donde muchas veces todo está sobreproducido, eso se valora.

Hay muchísimos programas más, claro. Pero elegí estos porque, de alguna manera, marcaron mi camino dentro de la gastronomía.

Hoy el formato cambió. Entramos en una era donde la imagen es perfecta, donde todo está cuidado al detalle, donde cada plano parece pensado para ser una postal. Plataformas como Netflix llevaron esto a otro nivel en términos visuales y narrativos.

Pero en ese salto, siento que algo se perdió.

La espontaneidad. El error. El descubrimiento real.

Esa sensación de ir un poco a lo Indiana Jones, sin saber exactamente qué va a pasar. De encontrarte con algo inesperado. De dejar que el viaje también te transforme.

Los nuevos formatos cuentan historias de manera impecable. Pero muchas veces ya saben exactamente qué historia van a contar antes de empezar.

Y ahí es donde, personalmente, sigo eligiendo mirar hacia atrás.

Porque en esa vieja televisión, con menos recursos pero más verdad, todavía estaba vivo el factor sorpresa.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Nuestro Cóctel "Ferroviario"

Coctelería Japonesa, Tokio

Jerez, donde el tiempo se convierte en Brandy