Collioure era la postal; Leucate, el viaje

 Vinos secos, Banyuls y ostras en una escapada por el Mediterráneo francés


Collioure era el destino. Leucate terminó siendo el viaje. Salimos desde Barcelona en auto, soportamos bastante tráfico y llegamos a un Collioure desbordado de gente. La entrada fue caótica, estacionar llevó tiempo y el turismo de playa ocupaba casi todo. Después apareció el pueblo: el campanario sobre el agua, las fachadas de colores, las calles estrechas y el Mediterráneo. La postal funcionaba.

También estaban los viñedos. Y ahí el viaje empezó a interesarme de otra manera. En la Côte Vermeille las vides crecen sobre pendientes de esquisto, organizadas en terrazas estrechas entre el mar y la montaña. Hay sol, viento, poca tierra y mucho trabajo manual. No hace falta exagerar el paisaje: alcanza con mirar las laderas para entender que producir vino allí no puede ser fácil.

Sobre esa misma geografía se superponen dos denominaciones con perfiles muy diferentes. AOC Collioure corresponde a los vinos secos; AOC Banyuls y Banyuls Grand Cru, a los vinos dulces naturales. Comparten las cuatro comunas de Collioure, Port-Vendres, Banyuls-sur-Mer y Cerbère, además de las pendientes, el clima y buena parte de las variedades. Lo que cambia es el camino que toma el vino.



Probamos varios ejemplos de la zona: blancos, vinos con contacto con pieles y distintos estilos vinculados con Banyuls. No importa tanto enumerar las bodegas como entender el mapa. Collioure puede ser blanco, rosado o tinto. Los tintos se apoyan principalmente en garnacha tinta, syrah y mourvèdre, con presencia posible de carignan y cinsault. Suelen combinar fruta madura, especias, estructura y una calidez mediterránea que, cuando está bien resuelta, no pierde frescura.

Los rosados tienen más cuerpo que muchos rosados de consumo rápido: fruta roja, notas minerales y suficiente estructura para sentarse a la mesa. Los blancos, reconocidos más tarde por la denominación y todavía menos abundantes, tienen como base a la garnacha blanca y la garnacha gris. Son vinos de textura, volumen y aromas de fruta madura, hierbas y frutos secos, pero pueden conservar una tensión salina muy marcada. El contacto con pieles que encontramos en algunos vinos ampliaba justamente esa sensación: más estructura, un leve amargor y menos necesidad de depender solamente de la fruta.

Banyuls abre otro capítulo. Es un vin doux naturel: la fermentación se detiene mediante el agregado de alcohol vínico, un proceso llamado mutage. Parte del azúcar natural de la uva queda sin fermentar y el resultado conserva dulzor, concentración y alcohol. Sin embargo, hablar de Banyuls como si fuera un único vino sería simplificar demasiado.

El Banyuls Blanc pone el foco en las variedades blancas y suele mostrar fruta de pulpa blanca o amarilla, flores y una textura amplia. El Ambré avanza hacia la crianza oxidativa y aparecen frutos secos, miel, piel de naranja y especias. El Rosé busca un perfil más directo y fresco. El Rimage, elaborado en una sola añada y protegido de la oxidación durante la crianza, conserva la fruta de la garnacha tinta: cereza, ciruela, mora y a veces cacao. El Traditionnel y el Tuilé se mueven hacia la evolución oxidativa, con tonos más complejos de fruta seca, café, nuez y tabaco.

Después aparecen las menciones Hors d’Âge y Rancio, donde el tiempo y el oxígeno dejan de ser enemigos. Hors d’Âge exige una crianza prolongada; Rancio describe ese carácter deliberadamente oxidativo, con frutos secos, curry, café, cáscara de cítricos y notas salinas. Banyuls Grand Cru queda reservado a vinos tintos con mayor protagonismo de la garnacha tinta y una crianza mínima de treinta meses en madera. Es la versión más concentrada y lenta del conjunto.

Ese pantallazo permite entender por qué una visita a la zona puede pasar, en pocas copas, de un blanco seco y salino a un vino de pieles, de un tinto mediterráneo a un dulce joven lleno de fruta o a un Banyuls oxidativo de larga crianza. No es una gama pequeña ni uniforme. Es un territorio capaz de producir vinos muy distintos sin cambiar de paisaje.

Collioure, como pueblo, nos gustó. La gente fue muy amable y volveríamos. La parte gastronómica, en cambio, nos dejó algunas dudas. Las anchoas tienen fama y están en todas partes, pero los lugares que elegimos no terminaron de convencernos. Quizás haya que buscar mejor y escapar de los horarios y circuitos más turísticos. Compramos algunas latas de sardinas y otros productos que todavía no probamos. Parecen prometedores.



Leucate fue otra cosa. Fuimos a comer ostras y encontramos exactamente lo que buscábamos: un lugar rústico, atención directa y producto fresco sin demasiada puesta en escena. Comimos ostras, caracoles de mar y unas gambas extraordinarias, dulces y limpias, sin un sabor marino invasivo.

Los precios eran difíciles de creer. Seis ostras pequeñas costaban tres euros con cincuenta; seis de las más grandes, ocho euros. Había ostrones enormes, bandejas simples y mesas donde todo giraba alrededor del producto. Nada parecía diseñado para vender autenticidad. Era auténtico, y listo.



Ahí terminó de cerrarse el viaje. En Collioure habíamos leído el Mediterráneo en los viñedos y en los vinos: esquisto, sol, garnachas, salinidad, concentración y crianza. En Leucate lo encontramos abierto sobre la mesa. Las ostras y aquellas gambas no necesitaban una explicación técnica, del mismo modo que los mejores vinos de la zona tampoco necesitaban un discurso excesivo.

Volvimos a Barcelona cansados por la carretera, con botellas, latas y una conclusión bastante simple. Collioure era la postal: preciosa, luminosa y llena de visitantes. Leucate fue el viaje: ostras baratas, gambas memorables y una mesa rústica frente al Mediterráneo. Fuimos por un pueblo conocido y sus vinos. Terminamos hablando del lugar donde solamente habíamos pensado parar a comer.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Nuestro Cóctel "Ferroviario"

La rebelión de la vid: Vinos nacidos en los límites

La sorprendente historia de los vinos japoneses que conquistan al mundo