Menos cuento, más comida
Una columna sobre la gastronomía cuando el relato
empieza a pesar más que el plato.
Hay palabras que la gastronomía debería dejar
descansar durante un tiempo. Una de ellas es “abuela”. Otra es “platitos”. Y ya
que estamos, también podríamos darle unas vacaciones a “baja intervención”,
“territorio”, “fermentado”, “concepto” y “experiencia”.
Porque comer se volvió demasiado complicado.
Entrás a un restaurante con hambre y antes de
probar el primer bocado ya te explicaron que la receta era de la abuela del
cocinero, que el tomate viene de un productor que trabaja tres bancales en el
Maresme, que la salsa fermentó seis días, que el pollo fue criado en libertad y
que el plato está pensado para compartir. Todo muy interesante. El problema es
que, a veces, uno sólo quiere comer algo rico, clásico y sin vueltas.
La abuela, además, se convirtió en una especie
de certificado de autenticidad. “Como lo hacía mi abuela”. “Receta de la
abuela”. “Cocina de siempre”. La pobre señora aparece en tantas cartas que
debería tener un representante. Y conviene decir algo incómodo: no todas las
abuelas cocinaban bien. La nostalgia no mejora una salsa ni corrige una
cocción.
Después llegaron los platitos. Otra idea
perfectamente razonable exprimida hasta dejarla irreconocible. Compartir comida
existe desde hace siglos: tapas, raciones, mezze, antipasti, pintxos. Pero
ahora tenemos el “concepto de platitos”, que en demasiados casos consiste en
servir tres bocados en una vajilla preciosa y recomendar tres o cuatro por
persona. El platito nació para compartir y terminó necesitando financiación.
Y si todavía quedaba alguna posibilidad de
entender lo que estábamos comiendo, apareció el plato con veinte cosas. Pollo
lacado con teriyaki, mirin, sésamo, chutney de morrones, emulsión de hierbas,
aceite verde, fermentado de no sé qué, crocante de otra cosa y dos flores.
Quizá esté todo técnicamente perfecto. Pero a veces uno solamente quería comer
un buen pollo.
En
algún momento confundimos complejidad con sofisticación.
Y
entonces llega el vino.
Porque si la comida necesita una explicación de
cinco minutos, el vino ya viene con biografía autorizada. Que la parcela mira
al noreste. Que el suelo era una antigua lengua marina. Que el abuelo del
enólogo plantó esas cepas después de la guerra. Que la fermentación arrancó
sola. Que no se corrigió nada. Que son 1.437 botellas. Que el productor escucha
la tierra.
Perfecto.
¿Está
rico?
Con el vino natural esto alcanzó niveles
extraordinarios. Y no porque los vinos naturales sean malos. Hay vinos
maravillosos, productores serios y una forma de entender el viñedo que merece
respeto. El problema aparece cuando una manera de elaborar se transforma en un
relato moral. Ya no alcanza con que el vino sea bueno: tiene que haber un
productor rebelde, una parcela olvidada, una tinaja, una etiqueta dibujada por
un amigo y, si tenemos suerte, un perro caminando entre las cepas.
Después aparece el sommelier y termina de armar
el expediente. El tomate ya tenía productor, el pollo tenía granja, la salsa
tenía fermentación y ahora el vino tiene geología, filosofía y árbol genealógico.
Uno todavía no probó el primer sorbo y ya siente que rindió un examen.
Ni
hablar si agregamos coctelería.
Porque ahora el cóctel tampoco puede ser
simplemente un cóctel. Tiene cordial casero, fermento de piña, destilado de
hoja de higuera, solución salina, bitter elaborado en el bar, hielo tallado y
una historia inspirada en los recuerdos de infancia del bartender.
Y ahí estás vos. Con hambre. Escuchando por qué
ese Negroni representa el viaje personal de alguien.
En
algún momento la gastronomía confundió profundidad con explicación. Y no son lo
mismo.
Un producto puede tener historia. Un vino puede
expresar un lugar. Un cocinero puede tener una idea y un bartender puede
construir un cóctel extraordinario. Todo eso suma cuando el producto ya
funciona por sí mismo. El problema empieza cuando el relato necesita empujarlo
para que parezca más interesante de lo que realmente es.
Porque si necesito diez minutos para entender
por qué una copa de vino es emocionante, quizá el vino no sea tan emocionante.
Si un plato necesita un manifiesto, quizá le falte sabor. Y si para entender un
cóctel necesito conocer la infancia del bartender, probablemente prefiera
tomarme un whisky.
Se puede cocinar como la abuela. Se pueden
servir platitos. Se puede hacer cocina compleja, vino natural y coctelería
conceptual. Pero tal vez podríamos bajar un poco el volumen.
Menos relato. Menos solemnidad. Menos necesidad
de demostrar.
Nos enseñaron que
menos es más, pero en gastronomía parece que decidimos hacer exactamente lo
contrario. Más ingredientes, más técnicas, más productores, más explicaciones,
más historias.
Y hay una sospecha que
cada vez me cuesta más sacarme de encima: cuando algo necesita demasiadas
palabras para demostrar que es bueno, quizá el problema esté en lo que tenemos
delante.
Un buen plato no
debería necesitar defensa. Un buen vino no debería necesitar un alegato. Un
buen cóctel no debería venir con manual de instrucciones.
Después podremos
hablar del suelo, de la fermentación, de la abuela, del productor y de la infancia
del bartender.
Pero primero probémoslo.
¿Está rico?
Leo Saracho
Sommelier | Vino & cultura gastronómica
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