Vinos de islas: territorios pequeños que agrandan el mapa del vino
De Mallorca y Canarias a Jeju y Vancouver Island, una geografía marcada por el aislamiento, las variedades propias y los paisajes extremos.
Leo Saracho · Sommelier | Vino
& cultura gastronómica
Canarias, España, es uno de los ejemplos
más evidentes. Sus viñedos volcánicos, muchas veces plantados en pie franco,
conservan listán negro, listán blanco, vijariego, marmajuelo y negramoll. La
altitud, los vientos alisios y la fragmentación de microclimas permiten
elaborar vinos tensos, salinos y de alcohol moderado. Envínate fue decisivo
para ampliar esta mirada: el colectivo trabaja parcelas en Táganan y en
Santiago del Teide, municipio de Tenerife donde nacen los vinos Benje a partir
de viñas de altura. Representa bien a esos enólogos que llegan desde fuera
buscando viñas viejas, libertad y una identidad menos domesticada.
Mallorca, España, avanza por un camino más
mediterráneo. Callet, manto negro, fogoneu y prensal blanc permiten vinos de
fruta limpia, textura ligera y frescura marina. Baleares vendió en 2024 más de
cinco millones de litros por un valor superior a 43 millones de euros, mientras
las exportaciones fuera de la Unión Europea crecieron un 17,5%. La mayor parte
todavía se consume en las islas, impulsada por la restauración y el turismo,
pero su futuro parece ligado a vinos de menor extracción, agricultura ecológica
y recuperación varietal.
Sicilia, Italia, juega en una escala
mayor. Etna funciona como motor de prestigio: nerello mascalese, nerello
cappuccio y carricante, cultivadas sobre distintas coladas de lava, han atraído
a productores de Piamonte, Toscana y otros países. También crecen los blancos
secos de grillo y catarratto, los tintos más fluidos de frappato y las
expresiones de zibibbo de Pantelleria. La crítica internacional describe
Sicilia como un laboratorio para enólogos, aunque la sequía, el calor y la
gestión del agua serán límites decisivos.
Santorini, Grecia, es quizá el caso más
prestigioso y frágil. La assyrtiko, cultivada en forma de cesta para resistir
el viento y conservar humedad, produce blancos de acidez firme, concentración y
sensación salina. La sequía y la presión turística redujeron fuertemente la
producción entre 2023 y 2025. Los críticos siguen considerando estos vinos
entre los blancos más personales del Mediterráneo, pero su futuro dependerá
menos de crecer que de proteger el viñedo y sostener a los viticultores.
En Pico, Portugal, el paisaje cambia
nuevamente. Arinto dos Açores, verdelho y terrantez do Pico crecen entre muros
de piedra volcánica negra frente al Atlántico. En 2025, Azores alcanzó un
récord de 1.048 toneladas de uva y Pico concentró el 92% de la producción
regional. Madeira, también Portugal, conserva la fuerza de sus fortificados de
sercial, verdelho, boal y malvasía, pero despierta interés por vinos tranquilos
y secos. En ambas islas, el crecimiento es más cualitativo que cuantitativo.
A este mapa conocido se suman territorios
inesperados. Hvar, Croacia, posee más de 2.400 años de tradición y viñedos
sobre pendientes calcáreas frente al Adriático. Plavac mali domina los tintos
maduros y herbales; bogdanuša, prč y pošip aportan blancos frescos. En 2026 un
Plavac Mali de Hvar fue elegido Best in Show por Decanter, una señal concreta
de su nueva visibilidad internacional.
Paros, Grecia, conserva viñas viejas,
muchas en pie franco, y una forma de conducción rastrera que protege los
racimos del sol y del viento. La monemvasia domina los blancos; la mandilaria
participa en tintos donde puede mezclarse con la variedad blanca, una
singularidad de la PDO Paros. La isla también produce dulces de uvas asoleadas.
Su mayor amenaza no es comercial sino territorial: el crecimiento turístico y
urbano reduce el viñedo.
Ischia, Italia, aporta una viticultura
heroica de terrazas muy inclinadas. Biancolella y forastera dan blancos secos,
florales y salinos; piedirosso y guarnaccia participan en los tintos. Fue la
primera DOC reconocida en Campania, en 1966. Su producción es pequeña, manual y
costosa, pero encaja perfectamente con el interés actual por vinos de paisaje,
variedades locales y baja intervención.
La isla de Wight, Reino Unido, muestra
otra frontera. Su clima marítimo y su microclima relativamente benigno la
integran en la expansión del vino inglés. Chardonnay, pinot noir y pinot
meunier se destinan principalmente a espumosos de método tradicional; también
aparecen bacchus, seyval blanc y otras variedades adaptadas al clima fresco. No
posee todavía el peso de Sussex o Kent, pero el crecimiento general de la
viticultura británica la convierte en una zona a observar.
Vancouver Island, Canadá, es una
indicación geográfica de clima frío y fuerte influencia del Pacífico. Pinot
gris, ortega y siegerrebe dominan entre las blancas, mientras pinot noir es la
tinta más importante. Los sedimentos marinos, depósitos glaciares y suelos
arenosos dan vinos de acidez marcada, fruta limpia y textura ligera. Los
espumosos tienen especial potencial por la frescura natural de la uva.
Long Island, Estados Unidos, es una isla
mucho más conocida por Nueva York que por su vino. El Atlántico suaviza los
inviernos y prolonga la maduración. Merlot ocupa el centro de los tintos y de
los ensamblajes bordeleses; también destacan cabernet franc, cabernet
sauvignon, chardonnay y sauvignon blanc. En los últimos años la región ha
reforzado su identidad con espumosos, rosados y vinos menos pesados, buscando
diferenciarse de California.
Jeju, Corea del Sur, exige una aclaración.
Su escena de “vino” no se basa hoy en un viñedo consolidado de uvas viníferas,
sino principalmente en fermentados de mandarinas y otros frutos locales, además
de bebidas tradicionales de arroz y mijo. Su suelo volcánico y clima
subtropical la vuelven interesante como laboratorio insular, pero todavía no
debería presentarse al mismo nivel que Canarias o Pico. Incluirla sirve para
mostrar hasta dónde puede extenderse el concepto de vino de isla y dónde
conviene mantener una diferencia clara entre vino de uva y vino de fruta.
En conjunto, las islas no pueden competir
por volumen, pero sí por singularidad. Los grandes críticos valoran las viñas
antiguas, las cepas autóctonas, la baja intervención y los paisajes extremos.
Su futuro será prometedor para quienes logren transformar la rareza en valor
sin convertirla en una moda vacía. El aislamiento, antes considerado una
desventaja, es hoy parte de su fuerza: protege variedades, conserva técnicas y
permite elaborar vinos que todavía saben exactamente de dónde vienen.
Leo Saracho
Sommelier | Vino & cultura gastronómica



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