La otra Málaga: vinos de montaña, mar y altura
Cuando se habla de vinos andaluces, buena parte de la conversación parece conducir inevitablemente hacia Jerez. Y cuando el nombre de Málaga aparece en una botella, todavía resulta difícil escapar de otra asociación histórica: la del vino dulce, elaborado principalmente con moscatel o Pedro Ximénez.
Sin embargo, detrás de esa imagen existe otra Málaga vinícola. Una provincia atravesada por montañas, viñedos próximos al mar, pequeñas parcelas familiares y bodegas que producen blancos secos, tintos, rosados y vinos de mínima intervención. Vinos que, pese a su diversidad, todavía ocupan un espacio reducido fuera de Andalucía.
La geografía malagueña ayuda a entender esta variedad. No existe un único paisaje vitícola, sino territorios muy diferentes: la Axarquía, Manilva, los Montes de Málaga, el norte de la provincia y la Serranía de Ronda, entre otros. Cada zona presenta su propia combinación de altitud, orientación, suelos e influencia marítima.
La DOP Sierras de Málaga ampara precisamente vinos blancos, rosados y tintos. Dentro de ella, la mención Serranía de Ronda identifica aquellos elaborados en bodegas de la comarca con uvas procedentes íntegramente de esta subzona. Es una distinción importante porque permite separar estos vinos tranquilos de la imagen tradicional de los históricos vinos dulces y generosos de la DO Málaga.
Ronda es posiblemente la cara más visible de esta transformación. Su altitud, la amplitud térmica entre el día y la noche y la diversidad de sus suelos ofrecen unas condiciones diferentes de las que uno podría imaginar al pensar en el sur de España. Aquí aparecen tintos con frescura, estructura y capacidad de guarda, pero también blancos y proyectos que trabajan con variedades poco habituales en Andalucía.
Una de las bodegas pioneras es F. Schatz. Friedrich Schatz llegó a Ronda en los años ochenta y desarrolló en la Finca Sanguijuela un proyecto ecológico y biodinámico. En apenas unas hectáreas cultiva variedades como pinot noir, tempranillo, petit verdot, chardonnay y lemberger. Esta última, de origen centroeuropeo, resulta especialmente inesperada en plena Andalucía. Sus vinos ayudan a comprender que Ronda no busca imitar un único modelo, sino explorar las posibilidades de un territorio que todavía está construyendo su identidad contemporánea.
Pero la otra Málaga no termina en Ronda. En Manilva, muy cerca del Mediterráneo y del Estrecho de Gibraltar, la moscatel de Alejandría encuentra una expresión completamente diferente. Bodegas Manilva elabora blancos secos procedentes de viñas viejas cultivadas sobre lomas de albariza. Aquí la moscatel conserva su perfume floral y frutal, pero aparece acompañada por frescura, volumen y un marcado carácter salino. Es quizá el mejor ejemplo para desmontar el prejuicio de que toda moscatel malagueña debe ser necesariamente dulce.
En los Montes de Málaga, Victoria Ordóñez & Hijos trabaja para recuperar un patrimonio que estuvo cerca de desaparecer. Sus viñedos se encuentran en pequeñas parcelas de secano, algunas centenarias, situadas entre los 800 y los 1.000 metros de altitud y rodeadas de bosque mediterráneo. Las fuertes pendientes obligan a realizar buena parte del trabajo manualmente. Allí, la Pedro Ximénez deja de ser solamente una uva destinada a vinos dulces y se convierte también en protagonista de blancos secos, tensos y profundamente ligados a la montaña.
Más al norte, entre Antequera y Mollina, Cortijo La Fuente representa otra dimensión del vino malagueño: la de las bodegas familiares que mantienen una producción limitada y elaboran blancos, tintos, dulces e incluso vermut. Su presencia recuerda que la provincia no depende de una sola variedad ni de una única zona para contar su historia.
El principal desafío quizá no esté en la calidad, sino en la visibilidad. Málaga recibe millones de visitantes, pero sus vinos secos siguen teniendo una presencia comercial mucho menor que sus playas, su gastronomía o sus vinos dulces históricos. Incluso dentro de España, muchas de estas botellas apenas circulan fuera de tiendas especializadas, restaurantes atentos al territorio o las propias bodegas.
Tal vez sea justamente ahí donde reside su atractivo. Mientras otras regiones vitivinícolas tienen una identidad perfectamente definida, Málaga todavía permite descubrir, sorprenderse y discutir qué puede llegar a ser. Entre el Mediterráneo y las montañas, entre la moscatel junto al mar y los tintos de altura de Ronda, se está escribiendo una historia mucho más amplia que la del vino dulce.
Solo falta empezar a contarla.


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