Marqués de Murrieta por dentro: 170 años de historia, tecnología y hospitalidad en Rioja
Una visita a una de las bodegas históricas de Rioja revela mucho más que grandes vinos: instalaciones de última generación, gastronomía, una producción de enorme escala y una hospitalidad que conserva el valor del trato humano.
Un día de lluvia, una bodega y más de 170 años de historia
Hay lugares que uno conoce mucho antes de visitarlos. Marqués de Murrieta es uno de ellos. Sus etiquetas, su historia y algunos de sus grandes vinos forman parte del imaginario de quienes trabajamos en el mundo del vino.
Pero una cosa es conocer sus botellas y otra muy distinta es atravesar sus puertas.
Llegamos a la Finca Ygay, a las afueras de Logroño, durante una jornada lluviosa de octubre. Después de conseguir una reserva que inicialmente parecía imposible por falta de disponibilidad, finalmente estábamos allí, frente a una de las bodegas más emblemáticas de Rioja.
Desde el primer momento, la recepción fue cálida y profesional. Una guía, que también es enóloga, nos acompañó durante el recorrido. Su relato fue mucho más allá de una simple explicación de las instalaciones: nos permitió comprender cómo una bodega nacida en el siglo XIX fue transformándose hasta convertirse en una de las grandes referencias del vino español.
De 1852 a 2021: cuando la historia se encuentra con la tecnología
Para entender Marqués de Murrieta hay que remontarse a 1852, cuando Luciano Murrieta comenzó a elaborar vinos siguiendo técnicas aprendidas en Burdeos, contribuyendo a sentar las bases de la Rioja moderna.
Más de un siglo y medio después, aquella iniciativa se ha convertido en un proyecto vitivinícola de una dimensión extraordinaria.
La Finca Ygay cuenta con unas 300 hectáreas de viñedo, un patrimonio que permite trabajar con distintas variedades, parcelas y expresiones del territorio.
Sin embargo, uno de los aspectos más impactantes de la visita aparece al descubrir la transformación tecnológica que ha experimentado la bodega.
En 2021 se inauguró un nuevo complejo de elaboración, con más de 25.000 metros cuadrados construidos junto al histórico Castillo de Ygay. Buena parte de su infraestructura productiva se desarrolla bajo tierra, integrando instalaciones modernas con un entorno cargado de historia.
Recorrer estos espacios permite comprender hasta qué punto la tecnología forma parte de la elaboración de los grandes vinos contemporáneos.
Grandes depósitos de madera, salas de barricas que parecen extenderse indefinidamente, espacios destinados a la conservación de botellas y una infraestructura organizada para trabajar a una escala difícil de imaginar desde el exterior.
Pero hubo algo que llamó especialmente mi atención: la extraordinaria pulcritud de las instalaciones.
El orden, la limpieza y el cuidado de cada sector transmitían una sensación permanente de precisión. No parecía haber detalles librados al azar.
Por supuesto, hablamos de una de las grandes bodegas de Rioja. Sería extraño encontrar algo diferente en una empresa de este nivel. Pero una cosa es saberlo y otra comprobarlo personalmente mientras se recorren sus instalaciones.
El desafío de producir a gran escala sin perder identidad
Existe cierta tendencia a relacionar los grandes vinos exclusivamente con pequeñas producciones, bodegas familiares diminutas y elaboraciones casi artesanales.
Marqués de Murrieta presenta otra realidad.
Aquí conviven una estructura empresarial importante, grandes volúmenes de producción, tecnología avanzada y vinos que buscan posicionarse entre las referencias más prestigiosas de Rioja.
Durante el recorrido conocimos espacios dedicados a la crianza y conservación, junto con sectores donde las botellas permanecen almacenadas antes de continuar hacia las últimas etapas de preparación y comercialización.
La dimensión de esas instalaciones permite entender que elaborar vino es solamente una parte del trabajo. La organización, la trazabilidad, el almacenamiento y la logística también resultan fundamentales.
Y ahí aparece una reflexión interesante.
¿La producción a gran escala es necesariamente enemiga de la calidad?
No tiene por qué serlo.
El tamaño de una bodega no garantiza la excelencia, del mismo modo que una producción pequeña tampoco la asegura. La diferencia está en las decisiones que se toman, el trabajo sobre el viñedo, los criterios de elaboración y la consistencia del resultado.
En Marqués de Murrieta, la visita ofrece una oportunidad poco habitual: observar desde adentro cómo se organiza un proyecto de esta magnitud.
Y comprender que detrás de una botella hay bastante más que una buena añada.
Cuando la hospitalidad toma el protagonismo
Después de recorrer la historia, las instalaciones y los espacios de crianza, llegó otro de los grandes momentos de la jornada.
Nos recibieron en un comedor cuidadosamente preparado, donde comenzó la experiencia gastronómica.
La bienvenida estuvo acompañada por un Champagne Gosset, perteneciente al grupo.
Fue una forma elegante de abrir el encuentro alrededor de la mesa.
Y si algo merece destacarse de ese momento es que, a pesar de encontrarnos en una bodega de semejante dimensión, el servicio nunca resultó frío ni distante.
Por el contrario.
La cercanía del personal, la atención de la guía durante el recorrido y posteriormente las explicaciones del sommelier transmitieron una hospitalidad genuina.
El conocimiento técnico estaba presente, naturalmente, pero acompañado por algo igualmente importante: la capacidad de comunicarlo de manera sencilla, agradable y cercana.
Porque en el mundo del vino, saber mucho no siempre significa saber transmitirlo.
Tres platos, tres vinos y una misma filosofía
El almuerzo fue otro capítulo fundamental de la visita. Una propuesta gastronómica de tres pasos, cada uno acompañado por un vino seleccionado de la casa.
El recorrido comenzó con Capellanía 2020, un blanco de Viura procedente del Pago Capellanía, una parcela de apenas seis hectáreas ubicada en la zona más alta de la Finca Ygay.
El vino acompañó una combinación de anguila ahumada caramelizada, foie y manzana.
Un plato construido sobre contrastes de intensidad, grasa, dulzor y notas ahumadas, donde un blanco de estructura y crianza encontraba un interesante espacio gastronómico.
El segundo paso estuvo protagonizado por Marqués de Murrieta Reserva 2022, uno de los vinos más representativos de la bodega.
El plato elegido fue solomillo de rubia gallega al horno de cepas de mazuelo, acompañado de néctar de piquillo.
Una propuesta que conectaba directamente la gastronomía con el universo del viñedo, incluso desde la propia técnica de cocción.
Para finalizar, llegó Marqués de Murrieta Gran Reserva 2015, servido junto a una selección de quesos y confitura de frutas.
Tres platos, tres vinos y tres formas diferentes de interpretar la gastronomía de Rioja desde una mirada contemporánea.
Más allá de las combinaciones, hubo un aspecto que disfruté particularmente: las explicaciones del sommelier.
Su intervención aportó contexto a cada vino, permitiendo comprender mejor las decisiones que había detrás de las etiquetas y de los maridajes.
Y eso es precisamente lo que diferencia un simple almuerzo con vinos de una verdadera experiencia gastronómica.
El privilegio de terminar con dos grandes vinos
Hay experiencias que parecen haber alcanzado su punto más alto, hasta que aparece una última copa.
Y en Marqués de Murrieta todavía quedaban dos vinos extraordinarios por descubrir.
El primero fue La Comtesse Albariño 2020, de Pazo de Barrantes, en el Valle del Salnés, Galicia.
Un albariño de guarda que representa otra expresión del proyecto vitivinícola de la familia Cebrián-Sagarriga. Una interpretación ambiciosa de una variedad que, cuando se trabaja con profundidad y vocación de envejecimiento, puede alcanzar una dimensión muy diferente a la de sus expresiones más jóvenes.
Pero el momento culminante llegó con Castillo Ygay Gran Reserva Especial 2012, uno de los grandes emblemas de Marqués de Murrieta y una referencia histórica entre los vinos de Rioja.
Después de conocer la historia de la bodega, recorrer sus instalaciones y observar sus espacios de crianza, encontrarse finalmente frente a una copa de Castillo Ygay tenía un significado especial.
No era solamente probar una gran etiqueta.
Era cerrar el círculo.
Porque durante toda la jornada habíamos hablado de tradición, de tiempo, de tecnología, de viñedos y de la evolución de una bodega que lleva más de 170 años escribiendo su historia.
Y allí estaba buena parte de ese recorrido, expresado en una copa.
Dos vinos, dos territorios y dos maneras de interpretar el paso del tiempo.
Difícil imaginar un mejor final para una jornada dedicada al vino.
Lo que permanece después de la última copa
Visitar Marqués de Murrieta permite entender que la historia y la modernidad no son conceptos necesariamente enfrentados.
Una bodega puede conservar su patrimonio, invertir en tecnología, elaborar grandes volúmenes de vino y mantener al mismo tiempo una identidad reconocible.
Pero después de haber recorrido sus instalaciones, conocido su historia y disfrutado de sus vinos, hubo algo que terminó destacándose por encima de todo.
Las personas.
La guía que nos acompañó durante el recorrido, el sommelier que compartió sus conocimientos y el equipo que convirtió un almuerzo en una experiencia cercana.
En una industria donde se habla constantemente de tecnología, inversiones, precisión y eficiencia, conviene recordar que hay algo que ninguna instalación puede reemplazar.
«En Marqués de Murrieta, la tecnología puede controlar los procesos, pero la hospitalidad sigue estando en manos de las personas».
https://marquesdemurrieta.com/
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